¡Hora de “ponernos” a hacer la tarea!, dice una madre a sus hijos. Julio, apaga por favor la televisión y ven a sentarte a la mesa del comedor. Mónica, ve sacando tus cuadernos para hacer la tarea. Julio, es la segunda llamada y no te sientas a hacer la tarea; ¡te dije que ya apagues la televisión!”, ¡sigue sin obedecer y te atienes a las consecuencias! Mónica, otra vez has olvidado un cuaderno que necesitas para hacer tu tarea; ¿cuándo vas a prestar atención a lo que tienes que traer a casa? Caramba Julio, todos los días es la misma pelea para que hagas la tarea, ¡me sacas de quicio! Siéntate ¡YA! para “ponernos” a hacer la tarea. 

Esta situación ilustra el desgaste que no pocos padres viven, al supervisar la realización de las tareas de sus hijos. Partamos por esclarecer cuál es el objetivo de la tarea. La tarea deber ser considerada como un recurso a través del cual el niño, desde pequeño (4–5 años), practica en casa lo que ha aprendido en la escuela de manera independiente. La tarea le brinda al niño una oportunidad para ejercitar y reforzar sus habilidades académicas. Para el maestro, es un indicador relevante de cómo los niños están asimilando el conocimiento en el salón de clase. 

Los hijos, desde pequeños, deben recibir el mensaje claro de que la tarea es “su responsabilidad” hacia la escuela. La frase comúnmente escuchada de “vamos a ponernos a hacer la tarea”, que las madres suelen usar para iniciarla, deja por sentado que la tarea es para la madre y el hijo, y esto no es así. Se preguntarán entonces, ¿cuál es la responsabilidad de los padres? A través de este artículo, pretendo que esta pregunta quede cabalmente contestada.

La actitud de los padres en cuanto a la realización de las tareas, está íntimamente ligada a la manera como éstos están criando a sus hijos. Están los padres que fomentan la responsabilidad y la autonomía; otros, que propician la dependencia, y con ello, inevitablemente la irresponsabilidad del niño hacia sus obligaciones, sean éstas familiares o escolares; y en el otro extremo, se encuentran los padres que no se involucran para nada en la supervisión de las tareas y que delegan a la escuela toda la responsabilidad del aprendizaje de sus hijos.

Debido a que las madres -en su mayoría-, tienden a medir su “aptitud como madres” en términos del comportamiento y el desempeño de sus hijos, éstas son las primeras en afligirse cuando las cosas van mal con respecto a las tareas; porque los errores y problemas que sus hijos presentan, hacen surgir en ellas el temor de que quizá están siendo “malas madres”. Este sentimiento, las lleva erróneamente a sobre involucrarse en las tareas de sus hijos.

Si regresamos a la definición inicial del objetivo de la tarea, veremos que su correcta realización fomenta en el niño habilidades emocionales y de comportamiento, esenciales para enfrentarse a las demandas de la vida. Estas habilidades presuponen la responsabilidad, la autonomía, la perseverancia, la adecuada administración del tiempo, la iniciativa y la confianza en sí mismo. 

RESPONSABILIDAD.- La tarea es una responsabilidad del niño y esta responsabilidad no debe ser compartida con los padres. Es la primera exigencia, fuera del entorno familiar, que se le asigna al niño. 

AUTONOMÍA.- El niño que aprende a realizar su tarea por sí solo, gana autonomía e independencia. 

PERSEVERANCIA.- La perseverancia capacita al niño para enfrentarse al reto de hacer su tarea con determinación, esforzándose a pesar de las dificultades que pueda tener. De esta forma, empieza a ejercitar la tolerancia a la frustración, al entender que no todo lo que le dejan de tarea lo va a poder hacer adecuadamente a la primera. Asimismo, el niño aprende que equivocarse, cometer errores, es una parte primordial de la experiencia que presupone el aprender. 

ADMINISTRACIÓN DEL TIEMPO.- Al realizar la tarea, el niño se enfrenta a tener que administrar su tiempo; esto es, aprende paulatinamente a organizar su tiempo de una manera eficaz y productiva, para terminar con su tarea sin descuidar la calidad de ésta. Los padres deberán fomentar el que comience la tarea a una hora fija, pero de igual manera, dejarle claro que hay un tiempo límite para terminar de hacerla. De esta forma, el niño aprende a aprovechar su tiempo y a no desperdiciarlo.

INICIATIVA.-El padre deberá fomentar la iniciativa y la auto motivación para comenzar la tarea, y delegar en el niño las decisiones que requiera tomar, para la realización de sus obligaciones escolares. 

CONFIANZA EN SÍ MISMO.- Cuando el niño hace su tarea solo, de manera responsable, persevera ante las dificultades y tiene iniciativa en la toma de decisiones; esto lo lleva a creer en sus propias capacidades y, en consecuencia, a desarrollar confianza en sí mismo. 

Por el contrario, si los padres le dicen al niño en cada momento qué hacer, cómo hacerlo y toman las decisiones por él, éste recibirá el mensaje de que él solo no puede hacer su tarea y que requiere del apoyo del padre para poder realizarla satisfactoriamente. El niño se tornará dependiente, irresponsable, inseguro en la toma de decisiones, intolerante a la frustración y no tendrá confianza en sus habilidades. Este niño necesitará de la supervisión constante y del sobre involucramiento del padre, para la realización eficaz de su tarea. El padre que se sobre involucra, le transmitirá al niño mensajes negativos sobre sus habilidades, aun cuando éstos no le sean dichos (de manera verbal): “No confío en que tú puedas hacer la tarea por ti mismo”; “necesitas de mi presencia, para poder hacer las cosas bien”; “si no superviso lo que haces, cometes errores, lo cual me hace sentir que no eres capaz”. Con estos mensajes, surgirán en la mente del niño sentimientos de incompetencia y desamparo, los cuales lo llevarán a tener una baja autoestima.

Situación diferente es la de aquellos niños, que en forma reiterada no pueden hacer la tarea solos, denotando con ello dificultad para seguir instrucciones, o bien, problemas para comprender el tema abordado en la tarea. Cuando esta situación se presenta de manera frecuente, el niño empezará a presentar un desfase importante con respecto a su grupo, en el proceso de aprendizaje. Es entonces el momento para que el padre acuda a la escuela y hable con la maestra, para averiguar qué está pasando y de qué manera la maestra podría apoyar a su hijo. Ahora bien, si el problema de comprensión se presenta reiteradamente, esta situación puede apuntar a posibles dificultades de aprendizaje, en cuyo caso los padres deberán acudir con un profesional -un psicólogo-, que pueda analizar la problemática y decidir, con base en una evaluación, si el niño necesita el apoyo de una terapia. Asimismo, dicha evaluación, les permitirá a los padres saber si su hijo está en el sistema escolar adecuado para él.

El padre “orientador” deberá propiciar un entorno en casa que favorezca la concentración; la televisión o la radio por ningún motivo deberán estar encendidos. El padre “orientador” estará abierto a resolver dudas, más no a corregir la tarea, ni mucho menos a hacerla por él, a pesar de las consecuencias que esto pudiese tener en el entorno escolar. Transmitirá mensajes positivos: “Sé que te cuesta trabajo realizar esa tarea, mas sé que tú eres capaz de hacerlo”. Alentará la toma de decisiones; si el hijo le pregunta algo, le responderá: “¿Qué se te ocurre, qué podrías hacer?” Si el niño se tarda demasiado tiempo en hacer su tarea por falta de dedicación, pondrá un límite claro en torno a la hora en que los libros se cierran. En el caso de que el niño se oponga a hacer su tarea, quizá sea necesario mandarlo al colegio “sin la tarea hecha”, de tal forma que tenga que enfrentarse a la consecuencia de sus actos en la escuela. Estas acciones no son fáciles de tomar; pueden generar incertidumbre, ansiedad e inseguridad en los padres, o inclusive provocar un conflicto con el entorno escolar. Sin embargo, a mediano plazo se palparán los efectos positivos: Hijos responsables, autónomos y seguros de sí mismos; con lo cual, quedarán sentadas las bases para su exitoso desempeño escolar, en los grados académicos superiores.

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